Si hay una cosa, querida España, que yo puedo decirte después de haber pasado a tu lado una cantidad de tiempo absolutamente insuficiente para juzgarte, pero, eso sí, suficiente para enamorarme, desilusionarme y enamorarme otra vez condicionalmente, si hay un tema que me hubiera gustado abordar, un detalle que querría comentar, una cosita que— ahora te lo digo, coño, tía. ¡Por favor, aprende ya español!
¿Qué? Pues eso, lo he dicho. Si te soy sincero, no lo puedo soportar más. Ya me he quejado en todos los bares de Madrid, a todos mis amigos, a los camareros, a los desconocidos, ellos solo me miraron con una expresión de cariño y de esfuerzo genuino de entender en sus rostros, pero parece que no entendieron nada. Así que me dirijo a ti directamente.
Cuando yo pongo mi mochila en la cinta transportadora durante el control de seguridad en el aeropuerto, sacando mis innumerables dispositivos electrónicos y mis bolsas con líquidos vergonzosos y, mirándote con mis bellos ojos castaños desde la profundidad de mi humillación, te digo: «¡Hola, buenas tardes!», ¿tú qué contestas?
«Come, come! Come here! Stop! Stop here! Wait!»
¿Sabes, a qué me recuerda? Un poquito, pero resulta realmente muy similar. Me recuerda a una escena de un reportaje en la televisión francesa bastante reciente que mostraba las dificultades de la vida rural y donde un granjero con la nuca roja y una mirada de mitad buen padre, mitad asesino, abría la puerta del corral gritando con la voz ronca: «Venez, venez, venez!» a sus vacas que, efectivamente, venían.
Yo no. Lo sé, tía, soy raro. Si me recuerdas, soy el tipo del aeropuerto de Las Palmas de Gran Canaria que te ha dicho: «Señora, pero yo le hablo en castellano, me parece, ¿no?» He dicho «castellano» y «me parece» para soñar aún más pesado, es verdad.
«¿Ah, sí? —me contestaste.— Vale.» Pero dejaste perpleja. Como si una vaca hubiera mostrado una capacidad de producir el habla. Por supuesto, era un truco.
Cuando yo me pido una tapa, riquísima, gustosísima, esa con el queso de cabra gratinado, higos y miel — hombre, ya estoy babeando — estoy al punto de pagar y te digo: «Seis euros, por favor», — porque soy bueno, soy amable, soy educado, tú me dices: «Place your card on the reader, please».
«Gracias, señor —te digo (porque en este momento estás encarnada en un señor con una espalda encorvada, sonrisa servil y toda su figura expresando la sumisión total a su cliente)— ¡muy buenas tardes!»
«Thank you —me contestas tú, España».
¿Pero qué coño es eso, tía?
Cuando del calor insoportable del mes de julio entro en el vestíbulo del Museo Reina Sofía y me pongo en la pequeña cola que se forma cerca de la cinta transportadora con bolsas (las cintas transportadoras son siempre un malo señal, ¿he?), apenas me permito de alejar la mirada y empezar a observar mis alrededores con una curiosidad digna de un guiri alemán que vino para reventar tus salarios y desestabilizar tu mercado inmobiliario, tú me dices: «Tickets!»
¿Sabes, a que me recuerda? Solo un pelín, pero hay algo de similitud. ¿Recuerdas la escena en «Schindler’s List», cuando el personaje de Ben Kingsley, el judío que Oskar Schindler está intentando salvar, sale a la calle y lo arrestan los nazis? Este soldado que le grita, poniendo el arma a su pecho: «Papiere! Deine Papiere, Jude!» — ¿recuerdas su cara, no? Pues de eso. De eso pensaba yo cuando te mostraba con la mano temblorosa el código QR, diciendo: «¡Buenos días, señora, aquí mi entrada!»
Y nada. Solo eso quería decirte, porque… No sé por qué te lo digo. Quizá porque soy raro, pesado, y me gusta quejarme de cosas insignificantes que los demás las ignoran y se lo pasan pipa. O quizá porque pienso que hay algo aquí, que hacemos simplemente porque pensamos que es normal. Y que va a ser así. Los guiris llegan, como vacas, las tarjetas se ponen al reader, los tickets se venden, los guiris se van, los de aquí se quedan, y todo va a estar en harmonía.
Pero, si te soy sincero — como lo soy desde el principio, — no vuelvo a tu lado para hacer toda esta mierda. Yo vuelvo por las fachadas rojas, por las chimeneas que tienen un aspecto como un poco más alargado, pero también más angular que en otras ciudades — no sé exactamente qué es, — por los balcones que no son realmente balcones, por el olor de plátanos podridos en las tiendas de alimentación donde todo cuesta más que en «Mercdona» y el cajero está cansado, por las cuestas, por el sudor, por el aire condicionado que me hace resfriar cada dos días, por las persianas bajadas, por el café descafeinado, por el acento argentino, por el amor raro y absurdo que tengo y que me parece mutual, hasta que te diga que te quiero, y que tú me contestes—